Pienso en las celebraciones con nostalgia por lo mucho que han llegado a marcar mi vida. Anhelo el escuchar cantar cumpleaños feliz a mi madre o a mi hermano meter sin ningún reparo las manos entre las diferentes tortas que me compraban mis padres. Recuerdo en mi paladar el acogedor sabor de los tradicionales platos que preparaba mi hermana con tanto cariño para mi y mis amigos. Visualizo esos postres que tanto me volvían loca. Echo de menos el simple detalle de apagar las velas y pedir un deseo, a pesar de que no siempre se cumplan. Recupero en mi memoria sus expresiones, gestos, comentarios y esos regalos especiales que solo una madre sabe dar. Rescato sus sonrisas, su magia e ilusión. Extraño enormemente su espontaneidad, naturalidad, y despreocupación; la manera de valorar y de ver las cosas de mi padre cuya fortaleza y amor siempre esta presente. Recuerdo y revivo el cambiar con los años y aunque he cambiado la forma de ser protagonista cada 7 de noviembre jamás he dejado de amarlos, tenerlos presentes y de ser yo, desde que nací hasta el día de hoy.
